dimecres, 11 d’abril de 2012

Opinólogos. Publicat per Eliseu Santandreu al Diari Sabadell el 10 d'abril.

El término griego logo se aplica como sufijo a la especialidad o conocimientos que posee una persona como por ejemplo, paleontólogo, ornitólogo o enólogo.


De un tiempo a esta parte ha proliferado la aparición en los medios de comunicación de muchas personas autodenominadas intelectuales, cuya finalidad consiste en opinar. Son los opinólogos, aquellos que se ganan la vida opinando de todo. No deben confundirse con aquellos expertos que, a solicitud de los medios de comunicación, emiten su docta opinión exclusivamente sobre lo que conocen y además y, lo más importante, altruistamente, sin ánimo de lucro.

El opinólogo es aquel que, además de opinar incluso de lo que no sabe, es capaz de sentar cátedra, o así lo cree él. Son tan osados que no tienen inconveniente en  hablar desde los misterios de la microbiología, la cultura maorí, la pesca de altura o las comidillas de los “famosos”, pasando por cualquier tema que se les proponga, por escabroso y complejo que pueda resultar. Este espécimen siempre se manifiesta con gran contundencia, en la confianza de que así da mayor sensación de credibilidad. Poco preocupado por lo correctamente político, procura que su opinión sobresalga de la de los demás, aunque para ello deba recurrir a la manida maniobra de interrumpir con mala educación y gritar más de lo necesario.

Algunos opinólogos poseen el don de la ubicuidad. Con frecuencia se les puede ver y oír en tres programas en el mismo día, en diversos medios audiovisuales y en distintos lugares geográficos. 


Una ramificación del opinólogo es el tertuliánogo. No hace muchos años, las tertulias consistían en reuniones de intelectuales que tenían lugar en cafés, casinos, ateneos, asociaciones científicas o literarias. En ellas se discurría amigablemente sobre la materia que interesaba a los presentes, escuchando con mucha atención a los considerados más entendidos en la materia que se tratara. La diferencia entre aquellas reuniones de intelectuales y las de los actuales tertuliánogos, es que los primeros eran realmente unos eruditos, respetaban las ideas y opiniones de los demás, esperaban respetuosamente su turno con educación y talante versallescos, sin utilizar los epítetos e insultos tan habituales en las tertulias actuales, en las que prima la usurpación de la palabra, cortar continuamente a los demás, aunque siempre se enoja cuando el interrumpido es él.

Mención especial merece el opinólogo supuestamente experto, cuando interviene en tertulias económicas. Siempre utiliza trivialidades, obviedades, utopías o, simplemente, se limita a repetir como un loro lo que ha oído o leído recientemente de un par de gurús que les cae bien y que, cuanto más destructivos y pesimistas sean, mucho mejor. En éstas tertulias, su objetivo consiste en poner cualquier escenario que se trate mucho más negro de lo que ya esté. Da la impresión de que disfrute produciendo más desazón y ansiedad de la que ya acumula el ciudadano. Día tras día se afana en recordar que padecemos de un cáncer económico que avanza imparablemente, sin remisión. Nunca, o muy raramente da alguna noticia buena. Siempre critica las medidas del gobierno de turno, sean del color político que sean. Suele utilizar chascarrillos como “yo siempre he dicho” “como me habéis oído decir” Se dedica a criticarlo todo pero sin aportar jamás una idea, sugerencia o, razonamiento en la que sostener o argumentar su infinita disconformidad.   

Da la impresión que al opinólogo económico le interesa que dure la crisis para seguir percibiendo sus canonjías por opinar, promocionar sus libros, anunciar tsunamis económicos y emitir mensajes destructivos en sus blogs y twitter. Forma parte de una fauna que se aprovecha de la buena fe de los demás con total impunidad, ya que él sabe, perfectamente, que nunca será acusado de sus dislates y excesos. Lo máximo que les pasará es pasar al olvido.